Hay una niña
llamando a la puerta.
arañando gritando llorando
tras una pared blindada
de falsas etiquetas y excusas
de aparente normalidad.
Se instala en mis cervicales
se cuelga de las lumbares
y aprisiona mis pulmones
Contra este día
a
día
de aparente normalidad.
Hay una niña
que se cree ya olvidada.
Se columpia entre los pinos
y el fondo de mi lagrimal.
Observa por el cristal opaco
de sus muñecas y se pregunta…
si en algo se parece
a todas esas gentes que caminan
con aparente normalidad.
Basta.
Sólo quiere un abrazo
y que abran la ventana
y que entre esa brisa
que se lleva los miedos
que le apriete una mano
de esas que dicen
“ya estoy aquí”
sin decir nada.
Que le miren esos ojos
que recuerdan que existes.
Que eres, que estás.
No es normal, ni aparente,
es.
Sólo quiere esa dosis
que no reemplaza el consumo
ni la imagen
ni los títulos ni los números
ni los billetes ni las batallas
ni todas las palabras del mundo
ni el helado de chocolate
ni la aparente normalidad…
Esa dosis imprescindible,
que se inyecta en el alma
y te adhiere a la vida
esa dosis,
a la que la gente llama
AMOR.
Ese
estar.
Ese
sentirnos tanto
que
se ahogan palabras.
Ese
respirar profundo.
Sentimiento
de ola.
Que
te arroya
te
penetra
te
sumerge…
para
dejarte otra vez
flotando
y
encontrar paz.
Paz…
En
este océano hecho de aire
y de
todo
lo
que no nos contamos
con
la boca
y
nos contamos con el tacto.
Con
ese sentirnos tanto.
Ese
sentimiento de imán
irreversible.
De
dos cuerpos que encajan.
Como
las dos únicas piezas de un puzle
que
se encuentran.
Como
los engranajes de un reloj
que
nunca ha de ponerse en marcha.
Como
un lunes precede a un martes
y el
sábado al domingo.
Inútil,
pero inevitable.
Y
así es como me encanta ser
completamente
ineficaz contigo.
Porque
contigo no existen metas,
recetas,
horarios ni calendarios.
Me
basta con existir.
Y
sentir…
sentirte
tanto.
Sentirte
tanto, amor,
que
ni siquiera sé
si
es bastante.
Tengo
como una prisa que desfila por mis piernas y se entretiene en mi pecho, que
golpea mis pulmones y sostiene mi desvelo. Como el que mantiene la lumbre en un
invierno; despacito pero constante. Tengo tanta prisa por comerme el mundo que
es el mundo quien me come y me pregunto si piensa parar o debería bajarme.
Tengo tanta prisa por hacerlo todo que estoy en blanco. Como esas cartas que
pretenden todo pero se quedan en nada. En coma. O punto y aparte, a lo sumo. Tengo
tanta prisa por crear, conocer, aprender, ayudar, crecer, amar, sentir,
comunicar, que se me olvida que existo. Siento que el tiempo corre y yo voy
detrás. Intentando ponerle sílabas a este montón de desconcierto. Quiero arrancarle la P a la prisa y saltarme
los calendarios, vivir el presente de tus labios y hacer del arte la vida o
viceversa. Quiero pisar cada casilla de esta oca y a ser posible, sin que me
coman ficha.
Quiero que me trague la tierra y nadie me
vea. Dejar de existir por un instante. Convertirme en pez, en larva, en
mariposa. Que nadie me vea, que nadie me juzgue, que nadie espere nada de mí.
Huir de las consecuencias, de las etiquetas, de las expectativas, del
compromiso, de los actos de las palabras. Dejar de existir. Formar parte del
viento. Morir. Morir para luego renacer.
Libertad. Ese es el precio de la
libertad.
Tengo un puño en la boca
el corazón en barro
y la mirada en pausa
desde
que
pisé
aquella tierra omitida.
Ya no puedo mirar atrás
ya no puedo mirar a un lado
y si lo intento hacia delante,
sólo veo esa incertidumbre
de barro.
Miradas que atraviesan cristales.
¿Cómo pueden ser más vivas
aquellas llenas de muerte?
¿En qué momento apagamos
las que creímos nuestras?
¿Fue en la compra
de identidades fingidas?
¿En nuestra declaración
como productos
o en el ametrallamiento
de cifras?
¿En las sobredosis
de información precocinada
o en el miedo programado
al terrorismo y la soledad?
Si lo que supuestamente integra
nos aísla, entonces, ¿qué buscamos
en las tiendas y pantallas?
Más lejos de nosotros
y de los otros
menos humanos
más producto
más máquina.
Más humana la máquina
y más máquina el humano.
Cada
vez
que
pienso
“no sé qué hacer”
mi
cuerpo
dice
vete.
Y ya no sé si huyo
o voy hacia algún lado.
No.
No se salgan de lo marcado.
Es ilegal.
Aunque no lo es violentar
con un estado policial.
No lo es ser verdugo
que no se mancha las manos.
No lo es poner fronteras
a ese niño atormentado.
No lo es callar al pueblo
con excusas sin réplica.
No lo es.
No lo es.
¿No?