Tengo un puño en la boca
el corazón en barro
y la mirada en pausa
desde
que
pisé
aquella tierra omitida.
Ya no puedo mirar atrás
ya no puedo mirar a un lado
y si lo intento hacia delante,
sólo veo esa incertidumbre
de barro.
Miradas que atraviesan cristales.
¿Cómo pueden ser más vivas
aquellas llenas de muerte?
¿En qué momento apagamos
las que creímos nuestras?
¿Fue en la compra
de identidades fingidas?
¿En nuestra declaración
como productos
o en el ametrallamiento
de cifras?
¿En las sobredosis
de información precocinada
o en el miedo programado
al terrorismo y la soledad?
Si lo que supuestamente integra
nos aísla, entonces, ¿qué buscamos
en las tiendas y pantallas?
Más lejos de nosotros
y de los otros
menos humanos
más producto
más máquina.
Más humana la máquina
y más máquina el humano.
Cada
vez
que
pienso
“no sé qué hacer”
mi
cuerpo
dice
vete.
Y ya no sé si huyo
o voy hacia algún lado.
No.
No se salgan de lo marcado.
Es ilegal.
Aunque no lo es violentar
con un estado policial.
No lo es ser verdugo
que no se mancha las manos.
No lo es poner fronteras
a ese niño atormentado.
No lo es callar al pueblo
con excusas sin réplica.
No lo es.
No lo es.
¿No?
Mi compañera de piso
y de viaje
y de vida
mi compañera,
tiene ese estar seguro de tierra
y ese fuego expectante de volcán
de erupción inesperada.
Esa fuerza de tierra
y esa fragilidad
que encoge a un bicho bola.
Mi compañera,
vive siempre de viaje
porque ella en sí ya es casa.
Mi compañera,
es la lumbre en invierno
y despeinarse en verano.
Es la sorpresa precisa
y la inesperada constancia.
Es la respuesta afilada
pero el consejo seguro.
Mi compañera,
hoy es lava porque sabe
que no son sólo años lo que cumple
sino también vida.
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| fotografía: Luis Alemañ |
Ya nadie escribe cartas
de amor.
Ya nadie ama
sin frenos ni marchas.
Ya no es por ti,
ya no es por mi,
ahora es por todos.
Ya nadie se tira a la piscina;
la moda es mojar(se) y huir.
Por si nos miran por dentro,
y nos averiguan desnudos.
Por si nos curan pero se marchan.
Nos vamos nosotros por si acaso.
Dejando todo a medias
sin resolver en el aire
para no involucrarnos
pero tenerlo a mano
aunque lavadas
y escondidas.
Con los frentes abiertos
sin enfrentarnos a nada
ni a nadie.
En frente de todo,
al frente de nada.
Con miedo a que acabe,
con miedo a que empiece.
Miedo a excedernos
y a quedarnos cortos.
A no estar a la altura.
Miedo a las alturas, al fracaso
o al riesgo, en todo caso.
Miedo a entregar, a recibir.
A descubrir cicatrices
a tener que curarlas
que las abran o las creen.
A lo desconocido y a los conocidos.
A las etiquetas y pertenencias,
al abandono o a abandonarse
a alguien o a algo.
Al compromiso, los “parasiempres”
las emociones respiraciones,
Miedo a estar solo o acompañado.
Miedo al instante,
el momento presente.
Miedo a la muerte
o lo que es peor,
miedo a la vida.
Te leo…
y mi sueño se desvela
traicionando todo propósito
de madrugar.
Y mis ojos se adhieren a tus palabras
por si se asientan en su iris
y así no acaban.
Las lamen, las huelen, saborean
y dejan ladrando su eco.
Repiten el proceso
para averiguar si saben distinto
pero saben mejor.
Y sonríen ante esas certezas
que sabían sin conocer.
Hasta el punto, que olvidan
si soy yo quien lee, vive o escribe.
Si eres tú quien habla y yo quien late
o viceversa.
La sencillez de tus metáforas, la palabra precisa.
Inesperada.
Agitan mis dedos que exigen conocerte
y conociéndote me conozco
y todo parece más fácil y más hermoso
y la tristeza sabe a helado de limón.
Porque has llenado la poesía de vida
y la vida de poesía.
La has regado y llenado de sentido
para arrancárselo a la nostalgia
sin papel.
Has llenado el invierno de amapolas
y transformado el verbo leer en algo activo
para mi estómago.
Porque
me agitas
me llenas
me inspiras
Y sin sentirte
te siento.
Me quedo con los cruces de miradas,
con el instante preciso
en el que se comunican dos cuerpos
sin decir nada.
Limitándose a sentirse
partícipes de ese instante.
Existiendo en ese preciso momento.
Entendiendo
que quizás no estamos tan solos
como intentan hacernos creer
los palos selfie, el google maps,
las redes (anti)sociales y todo aquello
que elimina la mirada presente
la pregunta incesante
y los cinco sentidos.
Coleccionistas del
recuerdo
congelado, capturado, demostrado,
pero no vivido.
Un clavo saca a otro clavo
y al final
soy todo
agujeros.
Cuanto más aprietas tus manos
más
me escurro
entre
los
dedos
Ésto… ¿Qué es?
No lo sé.
Es… eso.
No, eso no es.
No es eso pero tampoco es un no.
Pero tampoco es
un sí.
Entonces es… o no es…
Pero
¿importa?
No.
Simplemente es.
Existe.