Quizá no sea normal esto que siento
pero mi piel no entiende de normalidades
sólo de cambios en sus constantes
de temperatura
de la ausencia de tu saliva
y de las grietas en los labios.
Hasta que no
me ha golpeado en la cara el olor de tu abrazo
Hasta que no
me han gritado tu nombre los cuadros
Hasta que no
me han arañado las fotos y los recuerdos
Hasta que no
he abrazado el dolor de mi gente
Hasta que no
han colocado en mis ojos
lágrimas de otros ojos
Hasta que no
te he escuchado en palabras
que no hablan presente
Hasta
entonces,
no he sido
consciente
de
lo
que
pesa
tu
ausencia.
Hasta
entonces y hasta siempre,
Te quiero.
Mi peso aplastando el plástico frío. Una silla cualquiera.
Mis ojos palpando el plástico opaco. Una terraza en Atocha.
Más plástico envolviendo personas de plastilina que platican
sobre la vida o tal vez platón.
Que cargan con sus mochilas, burbujas de plomo, rótulos,
alguna etiqueta y un plastidecor.
Que piensan qué han olvidado qué necesitan, si es más dinero
algo de plata tal vez rebajas, comprar algo nuevo: una culpa o una obligación;
queremos la última moda.
No. Ciudadanos plastificados,
lo único que llama a la puerta
es el niño que hemos dejado
sus manos llenas de chocolate
la hora del patio en su hombro
y en sus ojos
un mundo sin especias ni edulcorante
un mundo que es y que existe. Desnudo
tentador del plástico que nos protege
de alegrías y penas
de la sal en la piel
y las manos llenas
de chocolate.
Rincones del Mundo
donde turistas y adolescentes
capturan atardeceres
para que algún día
al repasar sus fotografías
puedan recordar, demostrar
que sus cámaras lo vieron
y ellos estaban allí
para acontecerlo.
Seguramente hacía bueno,
llevaban manga corta.
Aunque su piel
había olvidado sentir
el aire del presente.
Y ya no sabían
si lo importante era
aquello que supuestamente vieron
aquello que pensaran las redes
o el selfie y congelada sonrisa.
Y ya no sabían si era…
si realmente era importante
lo que fuera que era.
Y ya no sabían
en qué momento
se había interpuesto
la pantalla
entre ellos
y el Mundo.
Qué bonita estabas anoche
vestida de Navidad.
Hasta parecías feliz
en tu traje de gala.
Cuando vuelva
ya no llevarás las luces
ni el olor a castañas
o epilépticos estímulos para el consumo.
O quizás sí. Pero se verán menos.
Como tampoco se verán
los silenciosos cartones que piden limosna.
Que a diferencia de los primeros, éstos,
ni se ven, ni se van, ni se echan de menos.
Y a pesar de tu travestida felicidad
y tus fingidas galanterías
a pesar de todo,
tienes embaucada a mi sonrisa.
Hasta pronto Madrid,
Nos vemos en alguno de tus escondites
para soledades.